Las primeras relaciones afectivas en la infancia

 


Las primeras relaciones afectivas en la infancia

Una mirada educativa, psicológica, antroposófica y sistémica

Por Clara Garcias

Durante tres cursos consecutivos, acompañando directa o indirectamente a niños y niñas en estas edades, me he encontrado con una pregunta que vuelve a aparecer y, curiosamente, no suele nacer de los propios niños. La pregunta llega de los adultos!

Familias que preguntan a los maestros: ¿Qué hacemos con los novios o las novias? ¿Es normal que a esta edad quieran tener este tipo de vinculo? ¿Tenemos que intervenir?

Cuando una pregunta se reptie en varias ocasiones es porque quizá la cuestión no sea determinar si un niño de diez u once años puede o no puede tener un novio o novia.

Quizá la pregunta pedagógicamente más interesante sea: ¿Qué está sucediendo en el mundo afectivo del niño entre los 10 y los 12 años y cómo podemos acompañarlo sin adelantarlo, negarlo ni interpretarlo desde nuestra mirada adulta?

Un momento vital muy particular

Entre los 10 y los 12 años estamos ante un territorio de transición. La infancia continúa presente y, al mismo tiempo, empieza a anunciarse algo nuevo.

El mundo social adquiere progresivamente mayor importancia. La amistad, la pertenencia al grupo, las afinidades, la admiración por el otro y la aparición de nuevos sentimientos comienzan a vivirse con una intensidad diferente. Pueden aparecer primeros enamoramientos y vínculos que los propios niños denominan “novio” o “novia” 

Pero aquí aparece una distinción fundamental: la palabra puede ser adulta; la experiencia todavía es infantil! Cuando un niño dice “es mi novia”, no podemos asumir que novia significa para él lo mismo que significa para nosotros.

Puede contener admiración, complicidad, deseo de proximidad, identificación, pertenencia, curiosidad, ternura, imitación de modelos observados o un primer sentimiento de enamoramiento. Y ese sentimiento merece respeto. Lo que no necesita necesariamente es que el adulto lo complete con significados que todavía no están allí.

Ni negar, ni acelerar

Aquí encuentro uno de los principios más valiosos de la mirada Waldorf: respetar el momento evolutivo.

No necesitamos ridiculizar un enamoramiento infantil diciendo “¡Ay, qué tontería!”.

Tampoco necesitamos celebrarlo inmediatamente desde códigos adultos: “¡Ya tienes novia!”,  convirtiendo una afinidad que quizá todavía está explorándose en una identidad relacional.

Entre ambos extremos existe un espacio educativo mucho más interesante: acoger lo que aparece sin necesidad de acelerarlo.

Podemos reconocer: "Veo que esta persona es especial para ti.” Y dejar espacio. No todo sentimiento necesita inmediatamente una definición.

Una mirada antroposófica: proteger el tiempo

Desde la pedagogía Waldorf, el desarrollo no se entiende como una carrera hacia la siguiente etapa. Cada momento vital tiene un valor propio. Por eso, acompañar no significa precipitar.

El niño de estas edades todavía necesita profundamente el grupo, la amistad, el movimiento, el juego, la experiencia artística, la naturaleza, el descubrimiento y una multiplicidad de relaciones.

Una afinidad especial puede existir dentro de todo ese universo sin convertirse necesariamente en su centro.

Desde esta mirada, proteger la infancia no significa mantener al niño en una burbuja.

Significa permitir que aquello que está naciendo pueda madurar a su propio ritmo.

La mirada psicológica: el otro empieza a adquirir un nuevo significado

Psicológicamente, estamos también ante un cambio importante. El grupo se convierte progresivamente en un espejo.

¿Quién soy entre los demás? ¿Quién me escoge? ¿Dónde pertenezco?¿Quién me gusta? ¿A quién gusto? ¿Cómo me ve el otro?

Por eso, detrás de una aparente “pareja” pueden estar desarrollándose aprendizajes mucho más amplios sobre identidad, autoestima, pertenencia, intimidad, aceptación y diferenciación.

Y aquí la escuela tiene una oportunidad educativa extraordinaria.

No necesitamos enseñar a los niños de diez años cómo mantener una relación de pareja.

Podemos enseñarles algo anterior y mucho más importante: cómo relacionarse.

Una mirada sistémica: mirar más allá de los dos niños

Desde una perspectiva sistémica, además, nunca existen solamente “dos niños que se gustan”.

Existe un grupo. Existen amistades. Existe una clase. Existen familias. Existen expectativas culturales. Y existen adultos observando e interpretando lo que ocurre.

Por eso, cuando aparece una relación afectiva, mi mirada como psicopedagoga no se dirigiría únicamente hacia los dos niños.

Miraría alrededor.

¿Continúan relacionándose libremente con los demás? ¿La relación es espontánea o existe presión del grupo para que sean “pareja”? ¿Aparecen celitos?¿o exclusiones?¿dinámicas de exclusividad o posesividad? ¿Algún niño se siente incómodo? ¿La relación modifica positiva o negativamente la cohesión de la clase? ¿Los compañeros están sexualizando o ridiculizando el vínculo? ¿Somos quizá los propios adultos quienes estamos dando más peso a la situación del que los niños le estaban dando?

Este cambio de perspectiva es importante. Porque permite diferenciar una experiencia afectiva propia del desarrollo de una dinámica relacional que necesita intervención educativa.

¿Cuál es entonces el papel del maestro?

No decidir qué deben sentir. Tampoco ignorarlo. Acompañar.

El maestro puede ayudar a construir las bases de aquello que algún día permitirá establecer relaciones afectivas saludables: respeto, libertad, consentimiento, cuidado, capacidad para decir sí y no, aceptación de los límites, intimidad, amistad y no exclusión.

Cuando existe una afinidad vivida con tranquilidad y respeto, probablemente bastará con presencia y discreción.

Cuando aparecen presión, sufrimiento, dependencia, invasión de límites, aislamiento o exclusión, la situación requiere una intervención pedagógica diferente. Esta distinción está también en el criterio de acompañamiento que habéis establecido para la escuela.

Familia y escuela: sostener juntos, no decidir por ellos

Y aquí regresamos al lugar donde empezó esta reflexión: la pregunta de las familias a los maestros.

Quizá nuestra respuesta no pueda reducirse a: “Sí, pueden tener novio/a ” o “No, son demasiado pequeños.” La conversación es bastante más rica! Podemos preguntarnos conjuntamente:

¿Cómo acompañamos a estos niños para que aquello que empiezan a sentir pueda desarrollarse sin vergüenza, pero también sin prisa?

¿Cómo les enseñamos que sentir afecto no significa dejar de tener amigos?  ¿Cómo permitimos una afinidad especial sin perder la riqueza del grupo?¿Cómo acompañamos un primer rechazo?¿Cómo enseñamos que el otro puede decir que no? ¿Cómo sostenemos los celos, la frustración o una amistad que cambia?

El objetivo compartido entre familia y escuela no es decidir los sentimientos de los niños, sino ofrecerles adultos capaces de acompañarlos con serenidad sobretodo la ligereza que ellos ya tienen y desde la que viven estos "juegos" mientras aprenden qué significa relacionarse desde el respeto, la libertad, el cuidado y la responsabilidad.

Educar para las relaciones

Este momento nos invita a preguntarnos... ¿Qué necesita aprender un niño hoy para poder construir relaciones sanas mañana?

Porque los primeros enamoramientos pasan. Las etiquetas cambian. Las amistades se transforman. Pero aquello que aprendemos acerca del respeto, los límites, la libertad, el cuidado, la pertenencia y nuestra propia dignidad puede acompañarnos durante toda la vida.

Asi que entendemos estos primeros movimientos afectivos no como un problema que la escuela tenga que resolver sinó como una oportunidad educativa.

No necesitamos enseñarles todavía a ser pareja o "novios" como se llaman entre ellos 

Necesitamos acompañarlos, poco a poco, en algo mucho más profundo: aprender a encontrarse con el otro sin dejar de encontrarse a sí mismos.

Una reflexión para compartir

Cada familia, cada cultura y cada comunidad tienen su propia manera de comprender y acompañar las relaciones afectivas durante la infancia. Todas estas miradas merecen ser escuchadas y respetadas, reconociendo que cada una nace de unos valores, unas creencias y una historia particular.

Comparto esta reflexión a partir de una inquietud planteada por un grupo de familias y una maestra de ciclo superior, desde mi experiencia, la observación y la humildad.

Las perspectivas que ofrezco no pretenden establecer una verdad absoluta, sino aportar luz, abrir preguntas y ofrecer herramientas para acompañar este momento evolutivo.

Quédate con aquello que te resuene y te resulte útil, integrándolo con tus propios valores, creencias y criterios familiares.

Porque educar también significa aprender a escuchar otras miradas, respetar los diferentes caminos y seguir creciendo juntos.

Con respeto y cariño,

Clara Garcias Psicopedagoga · Counselor


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